William Walker, el buzo que salvó la catedral de Winchester

La catedral de Winchester, con casi cinco mil metros cuadrados y ciento setenta metros de longitud, es una de las mayores de Inglaterra y del norte de Europa. A principios del siglo XX, este monumento gótico estuvo a punto de venirse abajo. Su salvación dependió de un hombre que trabajó seis horas diarias durante seis años en completa oscuridad: el buzo William Walker.

Un terreno blando y grietas alarmantes

Winchester, antigua ciudad romana de Venta Belgarum, fue la urbe inglesa más importante hasta la conquista normanda en el siglo XI. La catedral comenzó a construirse en 1079 bajo el obispado de Walkelin y se convirtió en mausoleo real. Con el tiempo, sufrió daños durante la Guerra Civil inglesa y fue restaurada en el siglo XIX, cuando Jane Austen fue enterrada en su interior.

Sin embargo, un siglo después se detectaron graves problemas: grandes grietas en la estructura, muros abombados y desprendimientos de piedras. En 1905, el deán William Furneaux contrató al arquitecto Thomas Graham Jackson, quien descubrió que el templo se asentaba sobre una balsa de madera de haya de unos treinta y ocho centímetros, podrida tras casi un milenio. El terreno arcilloso no soportaba el peso.

La solución: un buzo en aguas fangosas

El ingeniero Francis Fox propuso contratar a un buzo para que descendiera a las zanjas inundadas, retirara la turba y colocara sacos de cemento que bloquearan el agua. El elegido fue William Walker, nacido en 1869 en Newington y formado en los astilleros de la Royal Navy en Portsmouth. Trabajaba para Siebe Gorman & Company, empresa pionera en equipos de buceo.

Walker se enfrentó a condiciones extremas: un traje de noventa y un kilos, oscuridad total, agua densa por el fango y la presencia de restos humanos de un cementerio medieval. A lo largo de seis años, colocó personalmente 25.000 sacos de cemento, 114.900 bloques de hormigón y unos 900.000 ladrillos. Solo descansaba los fines de semana, cuando viajaba en bicicleta ciento diez kilómetros hasta su hogar en South Norwood.

En agosto de 1911 colocó el último bloque. En el verano de 1912, el arzobispo de Canterbury ofició una acción de gracias con la presencia del rey Jorge V, quien le nombró miembro de la Real Orden Victoriana. Walker continuó con su oficio hasta 1918, cuando falleció a los cuarenta y nueve años a causa de la gripe española. Su busto en los jardines de la catedral recuerda su hazaña con una placa que dice: «Salvó la catedral con sus manos».