Diana Luaces, una voluntaria gijonesa, viajó a Ceuta junto a dos compañeras para entregar ayuda humanitaria y gastar 7.000 euros en el comercio local. Lo que encontraron fue un clima de hostilidad y amenazas que las obligó a mantener un perfil bajo. En un episodio revelador, fueron los propios migrantes quienes las refugiaron en sus tiendas para evitar que fueran increpadas por compatriotas exaltados.
La iniciativa «Ante el Racismo, Sofitu Vecinal» nació tras las noticias sobre la destrucción de un campamento improvisado en la playa del Trampolín. En apenas dos semanas, la campaña movilizó a vecinos, asociaciones y colectivos de Asturias, reuniendo alimentos no perecederos, sacos de dormir, esterillas, mantas, medicamentos y material de cura. Parte del dinero recaudado se destinó a compras en comercios ceutíes, con la intención de apoyar también a la población local.
El viaje, realizado entre el 19 y el 22 de septiembre, comenzó con mal pie. En el ferry desde Algeciras, una pasajera les preguntó si iban a una manifestación «por la invasión» y fueron identificadas por la Guardia Civil. Ya en Ceuta, un hombre se acercó para preguntar si pertenecían a una ONG. Días antes, otros voluntarios habían sufrido el rayado de su furgoneta. Diana cree que si hubieran cruzado el vehículo, «a lo mejor las agredidas hubiéramos sido nosotras».
Protegidas por los migrantes
Durante su primera visita a la playa del Trampolín, coincidieron con una manifestación en moto de ceutíes que exigían la salida de los migrantes. «Los propios chavales nos refugiaron en sus tiendas porque, si nos veían allí, podían increparnos», relata Diana. Para ella, la reflexión es contundente: «los propios migrantes sean quienes te protegen de tus compatriotas».
La tensión no cesó. Hubo seguimientos con grabaciones desde la calle y la furgoneta de una fotógrafa que las acompañaba apareció pintada con insultos. «Hasta que no llegué a Algeciras de nuevo no descansé de esa tensión», confiesa. Aun así, lo que más le costó procesar fue la situación de los menores no acompañados, especialmente un adolescente de 14 años que llevaba semanas solo en Ceuta.
Pese a los incidentes, Diana insiste en que no todo fue hostilidad. Encontró vecinos que colaboran desde hace semanas y rechazan los discursos de odio. «Pese al discurso mediático de odio, racismo y xenofobia, sigue habiendo mayoritariamente gente solidaria, empática que responde frente a ese discurso», afirma. Y concluye: «las principales víctimas son los migrantes, especialmente los menores no acompañados. Nosotras no lo somos».
La experiencia de estas voluntarias asturianas deja un retrato agridulce: la solidaridad de muchos ciudadanos convive con una hostilidad que, según relatan, convierte la ayuda humanitaria en objeto de más odio que los propios migrantes.
