El 24 de septiembre de 1572, la plaza central del Cuzco fue escenario del último acto de resistencia del imperio inca. Túpac Amaru I, cuarto y último inca de Vilcabamba, fue decapitado por orden del virrey Francisco de Toledo, poniendo fin a décadas de enfrentamientos entre la corona española y el estado neoincaico. Su muerte marcó el ocaso definitivo de la dinastía que había resistido desde las montañas de Vilcabamba.
Una captura perseguida durante meses
La caída de Túpac Amaru no fue inmediata. Tras la muerte de su medio hermano Titu Cusi Yupanqui en 1570, el nuevo inca asumió el trono en medio de tensiones crecientes. La ejecución del embajador español Atilano de Anaya a manos de fuerzas incas dio al virrey Toledo la excusa para lanzar una ofensiva definitiva contra Vilcabamba.
La campaña militar, comandada por Martín Hurtado de Arbieto, movilizó a 250 soldados españoles y 2.500 aliados indígenas. Frente a ellos, Túpac Amaru apenas podía reunir unos 2.000 guerreros. La batalla decisiva se libró en Choquelluca, donde los arcabuces españoles inclinaron la balanza tras abatir a los generales incas.
La persecución del inca se prolongó durante semanas por la selva. Un grupo de cuarenta soldados siguió su rastro durante 170 millas, construyendo balsas para continuar por el río. Finalmente lo encontraron junto a su esposa, calentándose alrededor de una fogata.
El silencio antes de la muerte
Conducido al Cuzco, Túpac Amaru fue recluido en la fortaleza de Sacsayhuamán. Los intentos de convertirlo al cristianismo fracasaron, y numerosos clérigos, convencidos de su inocencia, suplicaron de rodillas al virrey que fuera enviado a España para ser juzgado. Toledo se negó.
El día de la ejecución, el inca subió al patíbulo acompañado por el obispo del Cuzco. Ante una multitud que las crónicas cifran en más de 300.000 personas, alzó el brazo derecho y, con un gesto, impuso un silencio absoluto. Sus últimas palabras, recogidas por testigos oculares, fueron: Ccollanan Pachacamac ricuy auccacunac yahuarniy hichascancuta ('Ilustre Pachacamac, atestigua cómo mis enemigos derraman mi sangre').
El verdugo, probablemente un español según los cronistas Guamán Poma y Martín de Murúa, preparó el alfanje. La cabeza del inca quedó clavada en una picota, mientras su cuerpo fue enterrado al día siguiente en la capilla mayor de la catedral.
Un legado que resurgió dos siglos después
Con la ejecución de Túpac Amaru, la conquista del imperio inca, iniciada con la muerte de Atahualpa, quedó formalmente concluida. El virrey Toledo ordenó desterrar a decenas de familiares del inca, incluido su hijo de tres años, a territorios tan lejanos como México, Chile o Panamá, para evitar cualquier resurgimiento dinástico.
Sin embargo, la memoria del último inca no desapareció. Dos siglos después, en 1780, su descendiente José Gabriel Condorcanqui adoptó el nombre de Túpac Amaru II y lideró un levantamiento indígena que sacudió el virreinato del Perú y anticipó el proceso independentista americano.
La ejecución de Túpac Amaru I permanece como uno de los episodios más simbólicos del choque entre dos mundos, un momento en que el silencio de una multitud y unas pocas palabras en quechua condensaron el final de una era.
