Shavarsh Karapetyan: el héroe que salvó 20 vidas en un lago helado

Shavarsh Karapetyan tenía 23 años y era una leyenda de la natación con aletas en la Unión Soviética. Un día como hoy, hace 50 años, un trolebús con 90 pasajeros se precipitó al helado Lago Erevan. Karapetyan, que acababa de entrenar, no dudó: se sumergió una y otra vez en aguas turbias y oscuras para rescatar a una veintena de personas. El esfuerzo le provocó una sepsis que lo alejó para siempre de la alta competición.

Una decisión instintiva

El accidente ocurrió cuando el vehículo cayó desde el dique al lago, a unos 25 metros de profundidad. Karapetyan escuchó un estruendo y vio cómo el trolebús se hundía. Sin pensarlo, se lanzó al agua. «Yo no decidí saltar. Mi cuerpo se movió antes de que mi mente pudiera reaccionar», recuerda. Antes de sumergirse, prohibió a otros jóvenes que lo imitaran y solo permitió que su hermano Kamo permaneciera en la superficie para recibir a las víctimas que él sacaba. Sabía que podía aguantar la respiración hasta seis minutos y conocía sus límites.

Bajo el agua, la visibilidad era nula. El limo lo cubría todo y no podía ver ni sus propias manos. Rompió la ventana trasera con las piernas, sufriendo cortes profundos, y entró por ese hueco. Guiándose solo por el tacto, fue sacando cuerpos uno a uno. En una de sus últimas inmersiones, ya sin oxígeno y casi inconsciente, salió a la superficie con un asiento de cuero en las manos en lugar de una persona. «Todavía sueño con ese asiento a veces», confiesa.

Las secuelas de un acto heroico

El rescate le costó muy caro. La contaminación del agua le provocó una sepsis y una neumonía doble que lo mantuvieron 45 días en cuidados intensivos. Los médicos le advirtieron que estuvo cerca de morir. A pesar de ello, se recuperó y volvió a entrenar. Incluso estableció un último récord mundial antes de que sus pulmones dañados le obligaran a retirarse definitivamente. «Tomé una decisión, y pagué el precio voluntariamente», afirma.

Karapetyan no busca reconocimiento. De hecho, su hazaña permaneció casi en el anonimato durante seis años, hasta que en 1982 se publicó un artículo sobre lo ocurrido y recibió 60.000 cartas de toda la Unión Soviética. «No lo hice por gloria. Lo hice porque la gente se estaba muriendo. Y lo volvería a hacer, incluso si nadie supiera jamás mi nombre», asegura.

Un legado de humanidad

A sus 73 años, Karapetyan reflexiona sobre el significado del heroísmo. «El heroísmo no es un don. Es una decisión. Una decisión que cualquiera puede tomar», sentencia. Considera que su entrenamiento como deportista de élite fue clave para poder actuar con precisión en una situación extrema. «No fue valentía. Fue mecánica. Fue la reacción de un profesional que sabía exactamente de qué era capaz su cuerpo», explica.

Su mensaje para las nuevas generaciones es claro: «No te preguntes si puedes. Pregúntate quién eres. Si ves sufrimiento y dudas, entonces ¿qué te separa de los animales? No se trata de miedo. Se trata de amor». Sin embargo, también advierte sobre la importancia de evaluar los riesgos antes de lanzarse a ayudar. «Actúa, pero actúa con la cabeza tanto como con el corazón», recomienda.

La historia de Shavarsh Karapetyan, marcada por el sacrificio y la pérdida, sigue siendo un ejemplo de solidaridad y coraje. Su hazaña, ocurrida hace medio siglo, resuena hoy como un recordatorio de que la verdadera grandeza reside en la decisión de ayudar a los demás, incluso a costa del propio bienestar.