Papiros sin descifrar hallados en la tapa de un códice del siglo VIII

El hallazgo de diez papiros ocultos en la tapa posterior de un códice del siglo VIII conservado en el Archivo Capitular de la catedral de Barcelona mantiene en vilo a los paleógrafos. Seis de esos fragmentos siguen sin descifrarse porque los especialistas no han conseguido determinar en qué lengua están escritos.

El descubrimiento se produjo en 1919, cuando alguien examinó con detenimiento la encuadernación del manuscrito conocido como Homilies de Sant Gregori, catalogado como el número 120 del archivo barcelonés. Bajo la piel de la tapa, colocados en pliegues, aparecieron los fragmentos de papiro, un hallazgo que ha sido objeto de estudio durante más de un siglo.

El códice, escrito en letra uncial, reúne las veinte últimas homilías de Gregorio Magno, el Sermón de la mortalidad y las actas del sínodo romano convocado por el propio Gregorio en el año 595. Su antigüedad ya fue señalada por el estudioso Ramón Gil y Miquel en 1918, y desde entonces ha sido analizado por filólogos como Jesús Alturo i Perucho, que en 1995 editó un glosario hallado en la misma encuadernación.

Un sedimento documental en la encuadernación

La construcción de libros en la Alta Edad Media explica el misterio. Los talleres monásticos y catedralicios reutilizaban pergaminos y papiros antiguos para reforzar las tapas de los nuevos volúmenes. Así, junto a los papiros apareció una hoja de pergamino con Glossae in Regulam sancti Benedicti del siglo XI y otro pergamino uncial con diez líneas de los Diálogos de san Gregorio.

Los diez papiros permanecieron ignorados hasta 1927, cuando la catedral de Barcelona los envió a la Biblioteca Apostólica Vaticana para su restauración. El encargo recayó en Hugo Ibscher, considerado el fundador de la moderna restauración de papiros. Tras la restauración, el papa Pío XI ordenó devolver los fragmentos a Barcelona, aunque al menos un pergamino se quedó en el Vaticano.

Dos papiros identificados, seis sin lengua conocida

De los diez papiros, solo dos han podido situarse con precisión: uno es un documento real merovingio del siglo VII y otro contiene escritura cursiva romana nueva de los siglos V o VI. Los seis restantes presentan trazos gruesos dibujados a pincel, muy distintos de la escritura cursiva fina de los otros fragmentos.

Los especialistas barajan la posibilidad de que se trate de Stempelschrift o protocolo, unas marcas de fabricación que se añadían al comienzo de cada rollo de papiro. Sin embargo, las investigadoras Montserrat Tudela y Teresa Noël, autoras del estudio más reciente, han reconocido que dudaron antes de proponer esa etiqueta.

Las dimensiones de los fragmentos son notables: uno mide 34 por 19 centímetros y otro alcanza los 32 por 19,5 centímetros. Este último conserva una etiqueta de la restauración vaticana que certifica el trabajo de Ibscher en 1927, aunque colocada al revés.

Un origen merovingio sin confirmar

La paleografía sugiere que el códice procede de la Francia merovingia, posiblemente de un scriptorium cercano a la frontera con la Narbona visigoda. La encuadernación probablemente se realizó en el mismo centro que produjo el libro, pero no se ha determinado cómo llegó a Barcelona.

El hallazgo se enmarca en un contexto papirológico español más amplio. Cataluña alberga dos de las tres grandes colecciones del país: la de la Abadía de Montserrat y la colección Palau-Ribes, mientras que la Fundación Pastor de Estudios Clásicos se encuentra en Madrid. Entre todas reúnen materiales en griego, copto, latín, árabe, demótico, hierático y jeroglífico.

Mientras tanto, los seis papiros sin descifrar permanecen montados entre cristales en el Archivo Capitular, visibles pero mudos, a la espera de que alguien logre identificar la mano que los trazó a pincel hace más de mil trescientos años. La información disponible es limitada, pero el misterio sigue abierto.