Medios próximos a Rabat y algunas voces políticas marroquíes advierten de una "nueva crisis" diplomática si el rey Felipe VI visita Ceuta, como ha anunciado el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. El malestar se ha canalizado a través de la prensa afín al palacio, que califica el eventual viaje de "provocación" y recuerda la crisis de 2007, cuando una visita real congeló las relaciones bilaterales durante semanas.
El anuncio de Sánchez, que confirmó que Felipe VI viajará a Ceuta y previsiblemente a Melilla "cuando se den las condiciones" y sin fecha en el calendario, ha sido recibido con frialdad en el Palacio Real marroquí, verdadero centro de poder de un país en el que el trono y no el Gobierno dirige la política exterior. Rabat no ha emitido una sola declaración oficial sobre el viaje, pero el silencio institucional no ha impedido que, apenas unas horas después del anuncio, empezara a filtrarse el malestar por otra vía: la de una prensa afín y unos círculos políticos que ya deslizan lo que la monarquía solo verbaliza de puertas para dentro, hablando de una "provocación" capaz de "reavivar la crisis" entre los dos países.
La prensa como termómetro
En Marruecos no hay prensa verdaderamente independiente sobre las cuestiones que tocan al trono; el vínculo con el palacio es mayor o menor, pero nunca inexistente. Por eso la reacción a la visita se lee mejor como una escala de intensidades que como un abanico de opiniones. En el extremo más próximo a Mohamed VI está Le360, uno de los digitales de mayor audiencia, de línea ultranacionalista y con propiedad vinculada a Mounir Majidi, secretario personal del monarca, que días antes del anuncio ya había publicado una tribuna en español para sostener que "las fronteras de Europa deben estar en Europa" y reivindicar explícitamente la soberanía marroquí sobre Ceuta y Melilla. El diario, como toda la prensa oficial del reino, refiere a ambas ciudades no como territorios españoles sino como "territorios ocupados", la fórmula que marca la línea oficial del Estado.
La palabra "provocación" fue puesta en circulación por Hespress, el diario digital de mayor alcance nacional y también cercano a las posiciones oficiales. El mismo lunes 31 de agosto en que Pedro Sánchez advirtió de la visita del monarca, Hespress recogió las declaraciones de Yahya Yahya, presidente del comité que reivindica la "liberación" de Ceuta y Melilla. Yahya calificó el eventual viaje de "provocación explícita" a los marroquíes y sostuvo que los gobernantes españoles "han vuelto a provocarnos de una manera que nos empuja a reaccionar". Describió además la gestión de la crisis migratoria por Ceuta como reveladora de "la fragilidad de la presencia española en la zona", calificando la petición de desplegar al Ejército de "fracaso político" del enclave.
Las demás cabeceras modularon el tono sin salirse del marco. Alyaoum24, portal de amplia difusión, optó por titular hablando directamente de la "Ceuta ocupada"; Yabiladi, dirigida sobre todo a la diáspora marroquí, dejaba entrever cómo el viaje podía reproducir la crisis diplomática de 2007; y TelQuel describió la visita como una iniciativa dotada de una "sensibilidad especial" por el estatus de la ciudad y por las relaciones con Marruecos. La palabra que Rabat no pronuncia aparece, finalmente, en boca de una fuente política. El portal RifRess citó a un responsable político y analista de las relaciones hispano-marroquíes, que pidió el anonimato, según el cual una visita del rey de España a Ceuta "en las circunstancias actuales no haría sino reavivar la crisis entre los dos países", y precisó que "Marruecos no ha emitido hasta ahora ninguna posición oficial".
El silencio calculado
La Constitución marroquí de 2011 encomienda al rey velar por la integridad territorial del reino "dentro de sus fronteras auténticas", una fórmula deliberadamente imprecisa que ningún texto define y que enlaza con la vieja doctrina del "Gran Marruecos". Sobre ese fundamento, Rabat no reconoce la soberanía española sobre Ceuta, Melilla y los peñones, y los considera "territorios ocupados". Misma tesis sobre la que justifica su ocupación del Sáhara Occidental. Son las líneas rojas sobre las que todo el campo mediático, con matices menores, se alinea con el trono. Esa disciplina convierte a la prensa en un termómetro fiable de la temperatura oficial y, con frecuencia, en un vehículo para hacer llegar mensajes que el palacio prefiere no firmar: una manera de marcar postura sin comprometer la palabra del Estado.
El silencio, además, no es total. Semanas antes del anuncio, el ministro de Justicia y secretario general del PAM, uno de los partidos que concurren a las elecciones de finales de mes, Abdellatif Ouahbi, había reactivado la reclamación en dos entrevistas televisadas: sostuvo que Ceuta y Melilla son un "derecho histórico y geográfico" de Marruecos, que Rabat plantea la cuestión "cada vez que" se reúne con España y que aspira a una "solución definitiva" para que las ciudades "vuelvan al seno de la patria". "No se puede guardar silencio", llegó a decir, una afirmación cargada de significado, que funciona tanto como reconocimiento de la omisión oficial como llamada a movilización interna.
El calendario refuerza la lectura. El anuncio de Sánchez llega a tres semanas de los comicios del 23 de septiembre, las sextas legislativas del reinado de Mohamed VI, y coincide con llamamientos virales, difundidos en foros marroquíes, a un nuevo intento de entrada masiva en Ceuta precisamente el día de las urnas. La cuestión territorial es, en ese contexto, un recurso de movilización interna a la que ningún actor marroquí quiere renunciar en un país con un nacionalismo inflamado.
El peso del símbolo y la crisis de 2007
La última visita de un monarca español a las ciudades autónomas hay que remontarse al año 2007, cuando Juan Carlos I y la reina Sofía visitaron Ceuta y Melilla. En el ayuntamiento melillense, el monarca defendió que era su "deber" pisar unos territorios que forman "parte integrante" de España. La respuesta marroquí fue inmediata: Rabat pidió primero al rey que renunciara al viaje y, cuando se confirmó, llamó a consultas a su embajador en Madrid, Omar Azziman, que permaneció fuera 65 días y no regresó hasta enero de 2008, tras un viaje del entonces ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, para recomponer la relación. Mohamed VI condenó el desplazamiento como "lamentable" y "contraproducente"; la Casa Real alauí lo tachó de "acto nostálgico y de una era sombría y superada" y de "flagrante falta de respeto", y advirtió de "consecuencias". Algunos dirigentes llegaron a evocar "otra Marcha Verde".
Lo decisivo de aquel episodio es que no estalló en un momento de mala relación, sino todo lo contrario. La visita se produjo mientras el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, que un año antes había sido el primer presidente español en pisar los enclaves en dos décadas, también con reproches de Rabat, mantenía una cooperación estrecha con Marruecos, y aun así bastó la presencia del monarca para abrir una crisis diplomática de semanas.
En el último siglo, solo dos monarcas españoles han pisado Ceuta y Melilla: Alfonso XIII, cuya última visita data de 1927, y Juan Carlos I, en 2007. La visita de Alfonso XIII se produjo en octubre de 1927, inmediatamente después de la conclusión de la Guerra del Rif y en el contexto de la consolidación del Protectorado español en Marruecos. Entre esa visita de 1927 y la de Juan Carlos I en 2007 median exactamente 80 años. En ese período -la Segunda República, la Guerra Civil, el franquismo y los primeros 32 años del reinado de Juan Carlos I- ningún monarca español volvió a Ceuta o Melilla. El dictador Francisco Franco, a pesar de haber gobernado durante 36 años y de mantener el control sobre el Protectorado español hasta 1956, nunca visitó de forma oficial ambas ciudades. El único jefe de Estado que las pisó durante ese tiempo fue el presidente republicano Niceto Alcalá-Zamora, el 4 de noviembre de 1933.
Felipe VI, que accedió al trono en 2014, no ha pisado ninguna de las dos en 12 años: son los únicos territorios españoles que no ha visitado. La presencia más reciente de la Casa Real en un enclave fue la de la princesa Leonor, a bordo de un buque atracado en el puerto ceutí en junio de 2025, dentro de su formación militar. A ello se suma que las dos casas reales han cultivado una relación personal cordial. La última muestra visible tuvo lugar el pasado octubre, cuando Mohamed VI dirigió un mensaje de felicitación a Felipe VI con motivo del 12 de octubre en el que ensalzaba los "sólidos lazos de amistad" que unen a ambos pueblos y expresaba su "fiereza" por "el carácter distinguido de las relaciones marroco-españolas". Sin embargo, esa sintonía institucional ha convivido durante años con una prudencia implícita en la Casa Real española: no pisar el terreno más sensible. Para Rabat, la presencia del jefe del Estado español en Ceuta equivale a una reafirmación pública de la soberanía sobre la ciudad, y como tal sería interpretada. La presencia del monarca, por muy breve que sea, es un acto de simbolismo territorial que el palacio alauí no puede permitir sin coste político y que hasta ahora los borbones han estado de acuerdo en respetar.
Una respuesta sin firma
Sobre todo ello pesa la dimensión humanitaria. La entrada de finales de julio dejó un saldo trágico que Marruecos ha gestionado con una estrategia de omisión pública combinada con reproches internos. La ONG Caminando Fronteras, tras identificar cadáveres en el terreno y colaborar con comunidades de víctimas, cifró en 145 los fallecidos durante la crisis vivida entre el 30 de julio y el 11 de agosto. De ellos, 67 cadáveres se recuperaron en territorio marroquí y 78 en la ciudad autónoma española, la mayoría ciudadanos marroquíes ahogados o aplastados en el espigón del Tarajal durante los intentos de cruce.
Ante una tragedia de esa magnitud, Rabat no emitió un comunicado oficial de duelo o responsabilidad compartida. En su lugar, la respuesta vino de forma indirecta. En Marruecos hubo indignación interna -analistas marroquíes señalaron que el Gobierno no sabía "cómo llorar" a sus propios fallecidos y demandaron explicaciones sobre la gestión de la crisis-, mientras que la reacción oficial se canalizó a través de su prensa afín. Hespress, por boca de Yahya Yahya, reinterpretó la tragedia como expresión de la "fragilidad de la presencia española" en la zona, transformando el expediente de víctimas marroquíes en un contraataque diplomático contra España. De este modo, Rabat evitó quedar retratado en sus propios medios como responsable de la catástrofe humanitaria mientras simultáneamente reforzaba su narrativa sobre la ilegitimidad de la presencia española.
Ese trasfondo condiciona la respuesta que cabe esperar si la visita de Felipe VI llegara a producirse a corto plazo. No será necesariamente una ruptura ostentosa como la de 2007 -una retirada de embajador, un comunicado furibundo que comprometa la línea oficial-. Lo previsible es una respuesta más sofisticada: gestos fuera del radar público y más difíciles de atribuir directamente. Una relajación calculada del control migratorio, un enfriamiento en la cooperación policial y antiterrorista, presión sobre el flujo de hachís hacia la Península, fricciones comerciales, o simplemente una lentitud administrativa en asuntos coordinados con España. La misma lógica que hoy permite a Rabat marcar el coste de la visita a través de su prensa -advertir sin firmar- es la que le permitiría, llegado el caso, responder sin que su mano quede a la vista.
