La modernización del regadío en la comarca leonesa del Órbigo ha provocado una paradoja: el canal de la Presa de la Tierra, que llevaba más de cinco siglos en funcionamiento, está completamente seco desde hace más de un año. La obra, diseñada para ahorrar agua, ha eliminado el caudal que alimentaba huertas, molinos y ecosistemas acuáticos en ocho pueblos.
El proyecto, gestionado por SEIASA y ejecutado por Tragsa, arrancó con 10,4 millones de euros y superó los 12,19 millones en 2022. Sustituyó la vieja acequia por tuberías enterradas, una balsa de regulación y telecontrol. Afecta a 1.970 regantes que cultivan 1.260 hectáreas en Benavides, Hospital de Órbigo, Santa Marina del Rey, Villarejo y Villares de Órbigo.
Un patrimonio seco
La Presa de la Tierra movía molinos harineros y de aceite de linaza, y abasteció fábricas locales como una azucarera en Veguellina de Órbigo que funcionó de 1900 a 1998. En Hospital de Órbigo, varios molinos siguen entremezclados con las viviendas, junto al puente medieval del Paso Honroso. No muy lejos, en Santa Marina del Rey, sigue en pie la Presa Cerrajera, un canal de los siglos XIII-XIV que contrasta con el abandono del otro sistema.
El catedrático de la Universidad de León Eloy Bécares advierte de que estas presas no eran solo canales de riego: en verano, cuando baja el nivel de los ríos, hacían de refugio y corredor para peces y otras especies acuáticas. El mejillón de río, en peligro de extinción, ya ha desaparecido de los pueblos de la ribera, siguiendo el camino del cangrejo de río autóctono.
Los vecinos riegan ahora sus huertos cargando garrafas o tirando de la manguera del grifo de casa. Las huertas han encogido para economizar el poco agua que consiguen, y hay árboles frutales completamente secos en varias fincas. Ninguno de estos pueblos llega ya a los 3.000 habitantes: Villarejo de Órbigo, el más poblado, ha bajado de 3.244 a 2.856 entre 2010 y 2025; Benavides de Órbigo tiene 2.321; Santa Marina del Rey, 1.852; Hospital de Órbigo, 948; y Villares de Órbigo, apenas 557.
El envejecimiento agrava la situación. En Santa Marina del Rey, el 47,5% de los habitantes supera los 60 años. En Villares de Órbigo solo 20 tenían menos de 18 años en el último censo, un 3,4% del pueblo. Aunque la región sigue siendo un referente en producción de lúpulo, el éxodo rural leonés arrancó en los años 50 y 60, cuando miles de jornaleros dejaron la vega del Órbigo por Bilbao, Barcelona o Madrid.
El conflicto legal
La decisión de no devolver agua a la presa ya modernizada depende de la Confederación Hidrográfica del Duero, que gestiona la cuenca, y de la Comunidad de Regantes, que administra el canal desde hace siglos. Ninguna ha autorizado un caudal mínimo. El conflicto ha llegado a los tribunales: un juzgado de Astorga admitió a trámite en 2025 una denuncia penal por "distracción de aguas de uso público" contra la Comunidad de Regantes, presentada por la Asociación para la Conservación de Riego de Huerto y Patrimonio Hídrico. Su presidente, Francisco Catalán, resume la sensación de agravio: a los dueños de molinos con concesión "tienen que pagar un total de 3.500 euros y no tienen agua".
El caso del Órbigo refleja un patrón nacional. España lleva desde el año 2000 invirtiendo en modernizar regadíos: hace una década se presupuestaron más de 2.900 millones de euros, cofinanciados con fondos europeos, y ahora se estiman 2.700 millones para 2027. El consumo agrario de agua ha caído entre un 10% y un 20% desde 2000, pero WWF documentó en un informe que las filtraciones que el sistema tradicional "desperdiciaba" eran el único aporte de agua para ríos, acuíferos y humedales cercanos. Ingenieros agrónomos de la Universidad de Córdoba han rebatido públicamente ese informe, aunque no discuten el caso concreto del Órbigo.
La paradoja persiste: regadíos modernizados funcionando a pleno rendimiento para el maíz industrial, mientras los mismos pueblos, cada vez más enjutos, no consiguen agua para las huertas familiares de tomates y lechugas que llevan generaciones alimentando a los vecinos. "Era nuestro río", resumen con tristeza Aquilino y Fernando, vecinos de Hospital de Órbigo.
