La analista política Nazanin Armanian responde a la pregunta de Donald Trump sobre por qué los iraníes no se levantan contra su régimen. Lejos de la inacción, argumenta, Irán ha sido el pueblo de Asia que más se ha sublevado por la democracia en los últimos 125 años, pero la teocracia chiita ha construido un sistema de represión y control que hace extremadamente difícil su derrocamiento.
Un siglo de revueltas ahogadas
Armanian repasa una historia de levantamientos que comienza con la Revolución Constitucional de 1905-1911, liderada por intelectuales y con mujeres guerrilleras en un papel destacado, que buscó limitar el poder del monarca. Aquel movimiento fue destruido por Inglaterra y la Rusia zarista. Le siguieron episodios como la instalación de Reza Pahlavi por Reino Unido en 1924, el golpe de la CIA contra Mosadegh en 1953, la revolución republicana abortada en 1978 con la instalación de una caquistocracia islamista, y las masivas protestas de 2009, 2019, 2023 y 2026, todas reprimidas con violencia extrema.
Los pilares de la teocracia
El texto identifica varios factores que explican la resistencia del régimen. Entre ellos, una constitución que divide a los ciudadanos según su fe, sexo, etnia y lealtad, impidiendo una oposición unida. A esto se suma un régimen de terror medieval con ejecuciones públicas, lapidaciones y violaciones en cárceles, gestionado por al menos 11 organismos bajo el mando del Cuerpo de los Guardianes Islámicos.
La teocracia también se sostiene sobre una base social con inmensos privilegios, desde vivienda gratuita hasta acceso a la universidad sin selectividad. Su estructura de poder fusiona el modelo vertical con el horizontal de las satrapías aqueménidas y funciona como una secta endógama-tribal, donde las principales autoridades comparten lazos familiares, como los hermanos Lariyani o la familia de Jamenei.
Otro pilar es la imposibilidad de que un sector de las fuerzas armadas se una al pueblo, ya que los Guardianes de la Revolución son exclusivamente chiitas duodecimanos leales al "líder" y operan como una gigantesca máquina de represión y un cartel económico. A ello se añade un populismo que ha logrado que su guerra religiosa con Israel sea vista por parte de la izquierda europea como "lucha propalestina", y que cualquier protesta interna sea tachada de "agitación israelí".
El colapso y el limbo
Armanian señala que la teocracia aplasta las protestas con extrema velocidad, a diferencia del sha, y que la falta de una oposición unida con liderazgo carismático se debe a un siglo de persecución incesante. El control absoluto sobre medios, internet y redes sociales dificulta la comunicación de las movilizaciones, y la ausencia de apoyo internacional se evidencia en declaraciones como las del vicepresidente J.D. Vance: "No tenemos intención de cambiar el régimen en Irán".
El texto concluye que el colapso integral de la teocracia ha dado origen a "momentos disyuntivos", donde las viejas reglas han perdido validez sin que se geste un nuevo orden. La población teme que un levantamiento sea aprovechado por agresores extranjeros o vuelva a fracasar, mientras el agotamiento económico y la desesperación se extienden. La autora sentencia: "Cuando hay bombardeos, la gente abandona las calles en busca de refugios. ¡No a la guerra, y no al fascismo religioso!"
