En Piedras Blancas, cinco jóvenes de entre 18 y 20 años se organizaron por WhatsApp para agredir a una mujer trans, a la que enviaron al hospital tras amenazas de muerte e insultos tránsfobos. En Oviedo, seis individuos atacaron a dos personas junto a una caseta de las fiestas de San Mateo, con gritos homófobos y consignas ultraderechistas. No son hechos aislados: en mayo, la Policía Nacional desarticuló a los White Boys, una organización juvenil nazi con 19 detenidos y armamento incautado, vinculada a al menos catorce agresiones contra migrantes y personas LGTBI.
Un patrón que se repite
Los episodios se suceden en Gijón, Avilés, Castrillón y Oviedo. En junio, durante las fiestas de Cabueñes, un menor de 15 años fue acorralado y golpeado con una botella por llevar una camiseta con la palabra "Asturies". Meses antes, en Gijón, dos hombres persiguieron a un joven hasta un taxi e intentaron abrir la puerta mientras lo increpaban con insultos homófobos. Otro joven fue agredido tras ser señalado por su militancia de izquierdas. Estos casos, con distintos grados de organización, dibujan un panorama que difícilmente puede reducirse a anécdotas.
El alcalde de Oviedo, Alfredo Canteli, calificó inicialmente lo ocurrido en San Mateo como una "anécdota" y habló de "chavales jóvenes" que no creía que fueran "tan mala gente". Días después rectificó y condenó la agresión. Sin embargo, los abogados de varios investigados los presentaron como jóvenes de "buena familia", sin "ningún problema, ni económico, ni social". Algunos de ellos tienen vínculos con espacios como el Centro Asturiano o el campo de golf de La Barganiza, tradicionales de la burguesía local.
La impunidad política y la división del trabajo
El escuadrismo fascista no necesita vivir en los márgenes. Puede llevar polo, estudiar, jugar al golf y volver a casa de sus padres. Lo era Göring, hijo de un castillo, y José Antonio Primo de Rivera, criado entre la élite. En Asturias, los abuelos del mismo Figaredo que hoy pide "cacerías" contra migrantes ya formaban parte de esa clase. La impunidad política comienza cuando una parte de la sociedad reconoce antes al "hijo de buena familia" que al militante fascista.
La operación de quienes legitiman la violencia es sutil: despolitizan los hechos presentándolos como "cosas de chavales", pero los politizan desviando la culpa hacia los agredidos. Canteli dijo: "Rosón ya tuvo algún problema hace años a esa misma hora, qué casualidad". Figaredo lo llamó "cortina de humo de Barbón" y Abascal responsabilizó a las víctimas: "a la gente que hace eso luego le pasan cosas". El "no es para tanto" y el "algo habrán hecho" trabajan en la misma dirección.
Esta dinámica se repite en Ceuta, donde migrantes y activistas enfrentan violencia creciente mientras la derecha genera el ambiente político y las Fuerzas de Seguridad lo reproducen o miran para otro lado. Si los migrantes son presentados como "soldados invasores", la conclusión lógica es que son objetivos militares. Cuando llegan los pogromos, se quita importancia y se justifican como "expresión de descontento".
El escuadrismo fascista en Asturias no es un pasatiempo de descerebrados ni un tema de "cuatro chavales". Es un fenómeno atado a un bloque de derechas en veloz fascistización, con PP y Vox como ramas del mismo tronco, y al núcleo duro del Estado: jueces, militares y policías. Se beneficia de la permisividad del PSOE y del oportunismo de medios "progresistas" que les dan altavoz. Mientras unos lo alimentan conscientemente, otros creen que podrán desactivar al monstruo, como el doctor Frankenstein. Pero la historia muestra que el fascismo genera un efecto de bola de nieve y que la mayoría de los políticos de derecha acabarían subiéndose a su carro.
En los últimos días, miles de personas se movilizaron en Asturias en solidaridad con los agredidos, negándose a hacer la vista gorda. Es un hecho loable, pero no basta con reaccionar: hay que tomar la iniciativa, señalar los movimientos del escuadrismo y atacar la mano que le da de comer. Se necesita un antifascismo de clase y de mayorías, consciente de que el enemigo tiene muchas cabezas: no solo grupúsculos callejeros, sino también grandes medios, partidos de derecha y el propio aparato del Estado.
