Durante casi dos años, cientos de jóvenes israelíes que afirmaban ser estudiantes de arte recorrieron oficinas federales de Estados Unidos, en particular las de la DEA. Un memo interno de la agencia documentó unos 130 incidentes en más de 40 ciudades, pero el caso nunca se resolvió y las explicaciones oficiales lo despacharon como un mito urbano.
El patrón comenzó a detectarse a comienzos de 2001, cuando la rama de seguridad de la DEA recibió reportes de sus oficinas de campo sobre jóvenes israelíes que ofrecían obras de arte y que habían intentado ingresar a instalaciones de la agencia. También se registraron intentos de penetrar oficinas de otras fuerzas de seguridad y del Departamento de Defensa, e incluso visitas a los domicilios de numerosos agentes federales.
Un modus operandi repetido
Los llamados estudiantes solían actuar en equipos con un conductor que hacía de jefe y tres o cuatro subordinados. El conductor dejaba a los vendedores en un punto y volvía horas después a recogerlos. Los jóvenes entraban a oficinas o abordaban a los agentes en sus lugares de trabajo o en sus casas, y a veces simplemente intentaban entablar conversación.
Cuando se les preguntaba por sus estudios, decían pertenecer a la Academia Bezalel de Artes y Diseño de Jerusalén o a la Universidad de Jerusalén, una institución que no existe. Los agentes los describían como agresivos en su discurso de venta y evasivos al ser interrogados. Varios informes señalaron que intentaban evitar al personal de seguridad ingresando por puertas traseras y entradas laterales.
El documento que recogió la mayoría de estos datos fue un memo interno de 60 páginas elaborado en junio de 2001 por la Oficina de Programas de Seguridad de la DEA. Aunque estaba destinado solo a altos cargos del Departamento de Justicia, se filtró a la prensa a finales de ese año y para marzo ya era de acceso público.
Alertas y detenciones
En marzo de 2001, la Oficina del Ejecutivo Nacional de Contrainteligencia, dependiente de la CIA, emitió una advertencia sobre visitantes sospechosos en instalaciones federales. La nota indicaba que empleados habían observado a hombres y mujeres intentando eludir la seguridad y que dos personas habían sido arrestadas por allanamiento, con visas de trabajo y tarjetas verdes falsificadas.
Entre marzo y septiembre de 2001, unos 140 israelíes fueron detenidos o arrestados, y muchos deportados por violar las condiciones de sus visas de estudiante. Tras los atentados del 11-S, decenas más fueron detenidos y expulsados del país.
Las autoridades sospechaban que los jóvenes habían obtenido información de vigilancia previa o electrónica, ya que en algunos casos visitaron lugares sin dirección pública o dependencias no identificadas como oficinas de la DEA. Uno de los israelíes llevaba recibos bancarios por casi 180.000 dólares en retiros y depósitos en dos meses.
El caso generó versiones encontradas. Medios franceses como Intelligence Online y Le Monde hablaron de una vasta red de espionaje israelí desmantelada, mientras que el Washington Post publicó que las acusaciones eran un mito urbano atribuido a un empleado descontento de la DEA. La embajada de Israel negó cualquier operación de espionaje y sostuvo que ningún funcionario estadounidense les había presentado quejas.
Años después, el misterio sigue sin una explicación concluyente. Las teorías van desde una operación de perfilado de agentes federales hasta una cortina de humo para encubrir otra actividad, pasando por una red de crimen organizado vinculada al tráfico de éxtasis. Ninguna ha sido confirmada oficialmente y el expediente permanece abierto en la memoria de quienes lo investigaron.
