La primera potencia militar del mundo afronta una crisis que se arrastra desde hace treinta años. La guerra contra Irán, lejos de ser una demostración de fuerza, ha dejado al descubierto el desgaste material, doctrinal y cultural de unas Fuerzas Armadas que ya no pueden sostener sus compromisos globales con los cimientos institucionales que les quedan.
El conflicto con Irán, que Donald Trump esperaba resolver en días o semanas, se ha prolongado sin una salida política clara. Teherán ha demostrado capacidad para perturbar el tráfico en el estrecho de Ormuz y amenazar bases y aliados regionales. Las reservas de defensa antiaérea y antimisiles están bajo presión, y buques y aviones operan mucho más tiempo del previsto. Miles de soldados siguen desplegados y las misiones se han extendido hasta 2027, pese a las advertencias de los altos mandos sobre las consecuencias en otros teatros.
La escala del USS Abraham Lincoln en Pattaya, Tailandia, tras 286 días en el mar, con una tripulación agotada y un casco oxidado, resume la brecha entre la potencia teórica y la efectiva. No es un incidente aislado, sino la manifestación de fallos que se remontan al «dividendo de la paz» de los años noventa, pasando por las disfunciones de la guerra contra el terrorismo y la falta de revisión de supuestos sobre adquisiciones, logística y doctrina.
Tres ramas, tres crisis
La Armada ha visto cómo la externalización del mantenimiento, la reducción de la flota y la escasez de mano de obra calificada socavan su infraestructura. Programas como el Littoral Combat Ship acumularon fallos y sobrecostos, y los submarinos nucleares de ataque perdieron más de 15.000 días operativos en la última década por retrasos en mantenimiento, según la Oficina de Responsabilidad Gubernamental. La brecha entre buques en el registro y buques realmente desplegables no deja de crecer.
En la Fuerza Aérea, la sofisticación tecnológica convive con una rigidez doctrinal que confunde la capacidad de destrucción con la victoria estratégica. La experiencia en Irak, Afganistán y ahora Irán muestra los límites de un enfoque que no puede prever cómo reaccionará el adversario tras la destrucción de sus centros de mando. La proliferación de drones y misiles baratos cuestiona un modelo basado en plataformas excepcionales y costosas.
El Ejército y el Cuerpo de Marines afrontan una transformación cultural más corrosiva. Veinte años de guerra contra el terrorismo elevaron a las fuerzas especiales a ideal militar, desplazando al «soldado-ciudadano». Este culto al combatiente de élite, reforzado por los medios, fomenta un «pretorianismo» que choca con el control civil y la profesionalidad democrática. La polémica en torno a Eddie Gallagher y el énfasis de Pete Hegseth en la «ética guerrera» ilustran esta deriva.
Implicaciones para los aliados
Estados Unidos no dejará de ser una gran potencia de la noche a la mañana. Conserva recursos económicos, infraestructura y conocimiento tecnológico, y ninguno de estos procesos es irreversible. Pero el declive es sistémico: más dinero no revive astilleros sin mano de obra cualificada, aviones más eficaces no corrigen una doctrina equivocada y la retórica guerrera no sustituye normas profesionales ni competencias logísticas.
Europa afronta tres dilemas entrelazados. A corto plazo, debe cubrir la brecha entre la credibilidad estadounidense y el tiempo que exige su rearme. A medio plazo, ha de determinar qué elementos del sistema de defensa estadounidense son esenciales y cuáles resultan insostenibles. A largo plazo, podría verse obligada a renegociar las bases de la relación transatlántica en un contexto de mayores capacidades propias y unos Estados Unidos debilitados, aunque aún poderosos. La confianza ciega en Washington, según el análisis, se ha vuelto peligrosa y complaciente.
