El malismo, concepto acuñado por el artista español Mauro Entrialgo en su libro de 2024, describe la ostentación del mal como propaganda política. Esta corriente, que trasciende la calificación individual para convertirse en un sistema doctrinal, ha encontrado en Argentina una mutación extrema denominada 'horribilismo'.
El término 'malismo' no opera como adjetivo, sino como un sustantivo masculino, común y abstracto. Al fusionar la raíz de 'malo' con el sufijo 'ismo', se constituye en una categoría analítica y una práctica social que exhibe discursos y decisiones reprobables de forma abierta y performativa.
Según el análisis, esta estrategia comunicacional busca réditos en la arena electoral, comercial, mediática o institucional. Figuras gubernamentales en todo el mundo encarnan esta lógica, dirigiendo su virulencia hacia los sectores más postergados y marginados.
El núcleo del malismo radica en erradicar la vergüenza: la agresividad se enarbola como atributo de autenticidad y audacia. Este fenómeno ha trascendido la política, manifestándose en marcas con nombres 'canallas', programas que mercantilizan la humillación ajena y discursos belicistas.
La cooptación del sistema
El pensador Cefe Namuncurá advierte que la provocación contestataria ha sido cooptada por el establishment económico, mediático y político. Perdió su aliento emancipador para convertirse en herramienta de dominación, erosionando pactos democráticos y disolviendo consensos sobre derechos humanos.
En Argentina, el malismo ha mutado al 'horribilismo', una versión más extrema. Desde diciembre de 2023, con el gobierno de Javier Milei, se observa una kakistocracia: el gobierno de los peores, los más mediocres y los menos calificados.
Esta administración condensa las expresiones más virulentas del malismo, institucionalizando la crueldad como política pública. Colectivos como personas con discapacidad, jubilados, trabajadores públicos, científicos y el sistema universitario sufren despojo de derechos y agravios verbales desde las más altas magistraturas.
El horribilismo añade el regodeo y el orgullo de gobernar desde el resentimiento. La empatía y la solidaridad son estigmatizadas como anomalías, mientras se busca la demolición metódica del bienestar común.
La información disponible se limita a este análisis de opinión, que concluye que esta situación ocurre en el país argentino, transformando el sufrimiento social en parámetro de validación política.
