Cómo EE.UU. acumuló el 75% del oro mundial: crisis y devaluación

La acumulación del 75% del oro mundial por parte de Estados Unidos no fue un accidente, sino el resultado de una crisis financiera británica que se gestó tras la Primera Guerra Mundial y de decisiones clave tomadas en la Conferencia de Génova de 1922. La libra esterlina, incapaz de mantener su convertibilidad en oro, perdió protagonismo frente al dólar, que se convirtió en la moneda de referencia. La expropiación del oro a los ciudadanos estadounidenses en 1933 y la devaluación del dólar en 1934 atrajeron las reservas mundiales hacia el país.

En 1919, Estados Unidos salía victorioso de la Primera Guerra, mientras Europa estaba agotada y devastada. Al otro lado del Atlántico, la economía estadounidense crecía con fuerza: las fábricas producían, las ciudades se expandían y el crédito comenzaba a instalarse en la vida cotidiana. Sin embargo, en ese momento, la libra seguía siendo la gran moneda del comercio internacional, respaldada por el Imperio Británico, que dominaba aproximadamente el 25% de la superficie terrestre.

El problema era que Gran Bretaña estaba financieramente quebrada. Al finalizar la guerra, su deuda pública rondaba los 7.481 millones de libras, equivalente a 54.800 toneladas de oro, mientras que el Banco de Inglaterra apenas poseía 661 toneladas. Esto significaba que solo podía respaldar con oro el 0,87% de toda la deuda del país. La situación era insostenible, pero la convertibilidad había sido suspendida en 1914 para evitar una corrida bancaria.

En 1922, durante la Conferencia Financiera de Génova, los 34 países reunidos acordaron no restaurar el viejo patrón oro, porque ninguna moneda podía cumplir sus promesas de convertibilidad. En su lugar, se inventó el patrón cambio oro, que permitía a los bancos centrales mantener reservas en libras o dólares en lugar de oro físico. Estados Unidos, que nunca había suspendido del todo la convertibilidad, se convirtió en el destino preferido para las reservas.

En 1925, Gran Bretaña intentó restaurar el patrón oro con la paridad de antes de la guerra, pero fue un fracaso. La libra cayó en 1931, y los bancos centrales que tenían libras perdieron un 30% de sus reservas de la noche a la mañana. La fuga de oro se desbocó, y el 21 de septiembre de 1931, el primer ministro británico Ramsay MacDonald anunció la suspensión de la convertibilidad de la libra.

Mientras tanto, Estados Unidos también enfrentaba problemas. En 1932, las reservas de oro de la Reserva Federal comenzaron a bajar rápidamente, y el país subió los tipos de interés del 1,5% al 3,9% en una semana para frenar la salida de oro. Esto provocó la quiebra de 1.860 bancos y una profunda depresión. En marzo de 1933, el presidente Franklin D. Roosevelt declaró el Bank Holiday, cerró todos los bancos y prohibió a los ciudadanos poseer oro, convirtiéndolo en un delito.

En enero de 1934, Roosevelt devaluó el dólar un 41% en oro, pasando de 1,5 gramos a 0,88 gramos por dólar. Esta medida, que empobreció a los ciudadanos estadounidenses, tuvo un efecto inesperado: inversores de todo el mundo comenzaron a enviar su oro a Estados Unidos, donde podían obtener más dólares por su metal. El oro cruzó el Atlántico en barco y en maleta, y la Reserva Federal lo acumuló en Fort Knox.

Al final de este proceso, Estados Unidos había logrado hacerse con el 50% de las reservas de oro del mundo. La acumulación continuó y, en 1944, en la Conferencia de Bretton Woods, el dólar se consolidó como la moneda de referencia mundial, respaldada por el 75% del oro global. La historia muestra cómo la crisis británica y las decisiones políticas estadounidenses transformaron el sistema monetario internacional, con consecuencias que perduran hasta hoy.

La acumulación del oro mundial no fue el resultado de una superioridad económica natural, sino de una serie de maniobras financieras y políticas que aprovecharon la debilidad de otras naciones. La libra perdió su estatus, el dólar se impuso, y el oro se convirtió en el símbolo del poder estadounidense. Este proceso, que comenzó con la quiebra británica y culminó en Bretton Woods, marcó el inicio de una nueva era en la economía global.