Alumnos sin saber sumar ni restar: la alerta de una profesora de Matemáticas

La educación vuelve a estar en el punto de mira tras la publicación de los resultados del informe PISA. Las cifras reflejan un descenso en competencias clave como las matemáticas y la lectura, pero detrás de los números late una realidad más incómoda: muchos estudiantes llegan a secundaria con carencias básicas. Así lo denuncia María Jesús Jiménez, profesora de Matemáticas jubilada tras décadas en las aulas.

"Hay muchísimos alumnos que llegan sin saber sumar, restar, multiplicar y dividir", sentencia Jiménez en el videopódcast 'Sobre (vivir) a la crianza'. La docente se refiere a estudiantes de primero de ESO, de unos 12 años, que acceden a esta etapa sin dominar las operaciones fundamentales. Una situación que, asegura, no le sorprende porque la ha visto agravarse en los últimos años.

Más allá de las tablas de multiplicar

El problema no se limita a la memorización. Jiménez insiste en la necesidad de que los niños comprendan qué significa multiplicar, para qué sirve una operación matemática y cómo aplicar ese razonamiento a situaciones cotidianas. En el debate participa también Jaume Funes, psicólogo y educador especializado en infancia y adolescencia, quien matiza que PISA mide determinadas competencias, pero no todo lo que saben hacer los adolescentes. Jiménez coincide en que la prueba no puede explicarlo todo, aunque advierte de que los resultados en las áreas evaluadas son preocupantes.

La comprensión lectora es otra de las grandes preocupaciones. Funes recuerda que leer no es solo descifrar palabras, sino relacionarlas con otras lecturas, experiencias o conocimientos previos. La escuela tiene un papel esencial en esa construcción, pero Jiménez subraya que el hogar también importa: leer un cuento juntos o que los hijos vean leer a sus padres contribuye a crear ese vínculo con la lectura.

Pantallas y acompañamiento familiar

En el episodio se aborda la contradicción de muchas familias que pasan horas leyendo en el móvil, pero cuyos hijos no saben si están consultando un periódico o mirando redes sociales. Tampoco toda lectura digital exige el mismo nivel de concentración. Jiménez defiende que la tecnología bien utilizada puede ser una herramienta extraordinaria, pero señala como problema el uso del móvil desde edades muy tempranas para mantener entretenido al niño. Funes cuestiona que se pueda educar a los menores como si el mundo digital no existiera: el reto es enseñarles a vivir y aprender en ese entorno.

Otro asunto sensible es el acompañamiento familiar. La conversación parte de la idea de que las familias hablan menos con sus hijos sobre la escuela, pero se huye de convertirlo en una acusación. La falta de tiempo, las jornadas laborales extensas o la desigualdad de recursos condicionan esa posibilidad. Para profundizar, interviene Iriana Sánchez, del Departamento de Ciencias de la Educación de la Universidad de Oviedo, quien explica que los buenos resultados de Asturias no responden a una fórmula mágica: menciona factores demográficos, un sistema público consolidado, programas de lectura y escritura y el bagaje educativo de las familias. Sánchez advierte de que sería injusto interpretar un menor acompañamiento como falta de interés: "No es lo mismo que llegues a las nueve de la noche a casa, que llegues a las ocho, que llegues a las siete".

Jiménez aporta su experiencia para diferenciar acompañar de hacer los deberes. Sus padres apenas podían ayudarla académicamente, pero se sentía acompañada porque se interesaban por sus resultados y por lo que le ocurría. Ese puede ser uno de los mensajes más útiles: no hace falta saber resolver una ecuación para preguntar qué ha aprendido el hijo, qué le cuesta o qué le ha sorprendido durante el día.

Metodologías y curiosidad adolescente

El debate también aborda las nuevas metodologías. Jiménez considera que no todo puede enseñarse mediante proyectos y competencias, y reivindica que algunos conocimientos necesitan memoria y práctica. Aprender de memoria las tablas de multiplicar, por ejemplo, puede facilitar después un razonamiento matemático que antes debe haberse comprendido. Funes rechaza convertir las metodologías en el gran culpable y recuerda que muchas ideas consideradas innovadoras tienen más de un siglo. Sostiene que un buen docente debe adaptar la forma de enseñar al grupo y al alumno que tiene delante.

En cuanto al profesorado, Jiménez considera que falta apoyo real dentro de las aulas más que cargar contra su formación. Funes coincide en la necesidad de acompañar mejor la trayectoria profesional de los docentes y de conectar la escuela con otros profesionales y recursos de la comunidad. En una clase cada vez más diversa, un profesor no puede resolver en solitario todas las necesidades académicas, sociales o emocionales de sus alumnos.

Uno de los datos que más inquietud provoca es el relacionado con el interés por aprender cosas nuevas. Tanto Jiménez como Funes cuestionan que eso permita concluir que los adolescentes han perdido la curiosidad. Plantean que la pregunta es otra: qué les interesa y hasta qué punto se conecta lo que se enseña con ese interés. "Aprender cosas que les propone la escuela", matiza Funes. Eso no significa que solo haya que enseñar lo que les apetece. Jiménez recuerda que durante su etapa escolar hubo materias que detestaba y que, aun así, podían ser necesarias. El reto está en explicar por qué un conocimiento sirve.

Al final del episodio se retoma la pregunta que muchas familias se hacen: ¿debe preocupar PISA? Jiménez responde que la pérdida de comprensión lectora sí le parece preocupante. Funes propone cambiar el foco: "PISA no debería preocuparles para nada. Debería preocuparles cómo aprenden, cómo enseñan, qué saben y qué no saben". Más allá de una posición en una tabla, la cuestión es si se están dando a los hijos los conocimientos y herramientas necesarios para comprender el mundo en el que van a vivir.