En la madrugada del 11 de septiembre, durante el arranque de las fiestas de San Mateo en Oviedo, un grupo de ocho individuos atacó con extrema brutalidad a dos voluntarios de AMA Asturies. Rubén Rosón, exconcejal de Somos, y Jorge Fernández recibieron una paliza cuando trataban de impedir que los agresores arrancaran la bandera arcoíris de la caseta de la asociación. Los atacantes proferían consignas racistas y homófobas, y gritaban "Arriba España".
La escritora y podcaster Silvia Cosio sostiene en su columna que este episodio no puede entenderse como un hecho aislado ni como fruto de una supuesta polarización. Para ella, responde a un clima de odio que se ha ido normalizando y que tiene responsables concretos.
Un contexto de violencia anunciada
Cosio recuerda que apenas una semana antes se habían convocado manifestaciones bajo la excusa de la emergencia humanitaria en Ceuta. Esas marchas, señala, sirvieron de coartada para dar rienda suelta al racismo y a la xenofobia, con el patrocinio de PP y Vox. En ellas se exhibieron banderas franquistas y símbolos de extrema derecha, se lanzaron amenazas a periodistas y se produjeron amagos de ataques contra personas migrantes.
La autora menciona que el diputado de Vox José María Figaredo llegó a llamar a "cazar" a quienes cruzaron la frontera en Ceuta. También critica que alcaldes de las derechas, como los de Gijón y Oviedo, participaran en esas marchas, legitimando así la violencia verbal y física.
Para Cosio, el silencio de quienes se consideran demócratas ante estos discursos es una forma de complicidad. "De nada nos sirve ser buenas personas y tener decencia moral si permanecemos en silencio", escribe. La columnista subraya que el odio se extiende como una plaga cuando no se alza la voz por miedo a generar conflicto o a arruinar una cena familiar.
La respuesta ciudadana y el reto pendiente
Frente a este panorama, la autora destaca un hecho que rompió el guion habitual: la respuesta masiva y espontánea que abarrotó la Plaza de la Catedral de Oviedo. Miles de personas de todas las edades y signos políticos se congregaron para gritar que no tienen miedo y que no van a callar. Cosio interpreta esa reacción como un rechazo al derrotismo y una negativa a caer en la trampa de quienes siembran violencia y luego se hacen las víctimas.
El texto concluye con una advertencia: callar ante el fascismo convierte a la sociedad en cómplice. La autora apela a recuperar la palabra y la acción, también a través del voto, para preservar la convivencia y la amabilidad. Menciona que Oviedo aspira a ser capital cultural europea mientras su alcalde justifica a los agresores, a quienes describe como "ocho cobardes que no han conseguido callarnos".
